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Palabras que se lleva el viento

abril 21, 2010

Cristina Abad Cadenas

Qué fascinación ejerce la radio. Como la música con respecto al arte, pienso que la radio es el más inmaterial de los medios, el menos esclavo de la tecnología y el menos exigente con su destinatario.

Su lastre tiene, claro está. Su triste pasado como sistema de agitación y propaganda en guerras y dictaduras –no es casualidad que Claudio matara al rey Hamlet vertiéndole veneno en el oído-, pero también cumple su función intachable cuando impera el caos, como hemos visto en Haití estos días.

La prensa requiere la voluntad de rascarse el bolsillo y el esfuerzo de aplicar el entendimiento a lo que se lee. La televisión se apodera de esa voluntad y de esa inteligencia absorbiéndola con su poder catódico –ahora diremos con el plasma y el LCD, que suenan a extracción sanguínea y a estupefaciente–. Internet, como social media, combina la libertad de elección con la posibilidad de interactuar y la fascinación del conocimiento hasta los umbrales del “seréis como dioses”.

La radio, en cambio, concentra todo su esfuerzo persuasivo en el atractivo de la modulación, el tono y el timbre de una voz, unos cuantos elementos sonoros y la capacidad de seducción de la música.

Quod scribsi, scribsi, pero las palabras –dice el refrán–se las lleva el viento, y, volando en ondas y rebotando en satélites, van a parar a algún lugar donde alguien que conduce, cocina, plancha, vigila, camina por la calle, buscaba sólo la compañía de una voz humana amistosa, sugerente e imprevisible. Muchas veces la señal se pierde por las curvas de una carretera, y queda patente que era un don.

Todo esto viene al caso porque hace unas semanas me lancé con unos amigos, algunos de ellos víctimas de un ERE tras muchos años de ejercicio, a una aventura radiofónica un tanto transgresora y disidente: un debate para una emisora online sin fines económicos ni políticos, absolutamente improductivo, utópico, libre y por lo tanto provocador, cuya pretensión es recuperar el diálogo sereno y fundado que tenían los debates antes de convertirse en cacareo.

Lo más irresistible de este proyecto es que existen grandes posibilidades de que sea un fracaso, y ni siquiera estrepitoso. La peripecia, en un entorno doméstico, con una dotación material digna de coleccionista y un equipo humano peculiar, me ha despertado el gusanillo del  idilio con la palabra hablada que tuve en mis primeros años de profesión.

Aquella era una radio de pueblo, que hubo que crear casi de la nada con muy poco presupuesto. Con su emisor, su receptor, su transmisor, su radioenlace y su antena en lo alto de una colina, que había que vigilar los días de tormenta. Una emisora municipal con sus servilismos políticos pero que tenía también la espontaneidad de lo recién nacido.

Nos movía la ilusión de recuperar la magia de la radio clásica. No había estrellas mediáticas ni existían honorarios astronómicos. Sólo tres contratados y un equipo de voluntarios. La sintonía y las ráfagas las compusimos nosotros, y fuimos llenando horas y horas de programación con trabajo y colaboración gratuita y entusiástica.

Teníamos dos informativos, un magazine, varios programas con vocación social, otros musicales, generalistas y temáticos, y una radionovela de corte melodramático con un toque humorístico local, que tuvo un éxito enorme entre la población.

De esto hace ya bastantes años y no sé qué habrá sido de aquella emisora local que al hilo de esta nueva experiencia pulsa mi añoranza.

Sólo sé que me conquistó el poder de la voz humana y su capacidad de diálogo con los desconocidos oyentes. La sensación de formar parte de sus vidas, sus rutinas, su entorno, como un amigo entrañable y discreto de la familia, a quien no se le pasa al salón sino que se le deja entrar hasta la cocina, el baño y el dormitorio, porque se sabe que no va a husmear, sino que se está ahí sin incordiar demasiado, sin reclamar atenciones, ofreciendo su charla tranquila, su tertulia habitual, mientras haces la comida, intentas conciliar el sueño y te pintas –o te afeitas, según– frente al espejo.

En esto, por encima de los avances de la técnica, de la TDT y la Web 3.0, la radio sigue siendo la primera y la mejor.

(Publicado en la revista Nuestro Tiempo).

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